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Estación Rue Cologne

14 Sep

-Qué una mujer parisina madura y conservadora en sus maneras de vestir, una partidaria segura de la derecha democrática, una ama de casa, por mucho,una oficinista de anticuario, sin más ni más, realice un acto tan impropio de su caracter frente a todo el público, me resultó un tanto escandaloso: Saltar como lo hizo al andén de la estación como si un hombre desconocido se le fuera realmente a confesar y fuera a llevarla sin más ni más de la mano derecho al altar. Esta es la primera vez que nos sucede en más de diez representaciones y una semana en la línea del metro de Paris.¿No te pareció muy extraña Marcel?

-Jean, compañero, toma tu parte del botín de hoy y alégrate. Deja de darle tantas vueltas al caso. Al final, si todo el vagón se rió tanto,fue por la extravagante actuación de la señora. Deberías agradecérselo.Incluso, pensándolo mejor, creo que deberiamos tomar el siguiente tren, buscarla y añadirla al show.

-O no, no lo digas ni en broma. Tú no la viste a los ojos cuando se cerró la puerta del metro. Por un segundo me sentí avergonzado al ver como se iluminaba su cara al acercarme, parecía habersele materializado el esposo muerto, y de pronto, cómo se le marchitaron los ojos cuando apenas le susurre lo del scketch.

-Ya, déjala ser y anda, vamos a aprovechar esas buenas propinas en el café.

Por su parte Madame Cecile Laforet, que así se llama la protagonista de tan bochornoso espectáculo, estaba parada en el borde del andén de la estación Rue du cologne, mientras el metro se alejaba, dejándola allí, viuda por segunda vez. Se secó con una mano enguantada las lágrimas que resbalaban por las mejillas secas. A través de ella, desbordaba sin contensión alguna,una sensación de nostalgia que la embargaba, ya sin poder reprimirla tras la máscara ahora cuarteada de la siempre bien compuesta Mde Laforet. Esa imagen cristalizada por 20 años frente a un escritorio de secretaria bancaria finalmente estaba rota. Sus ademanes precisos estaban rodando por sus mejillas con el rubor palo de rosa y el eterno chanel número 5 que siempre le gustaron a Michel, su difunto esposo, y le lavaban el rostro. Suspiró profundamente mientras una sonrisa ligera se dibujaba finalmente en su cara límpia. Frente a ella, se encendían las luces del atardecer sobre los campos Eliseos. se preparó para disfrutar de una larga caminata nocturna hasta su hogar en los suburbios.Nadie como tu Michel, aunque se te parezcan.

Les invito a ver Un corto de donde parte esta historia: J’atendrai le suivant
http://m.youtube.com/watch?v=o-QHf8mz8Mg

 
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Publicado por en septiembre 14, 2013 en cajón de escritos, perfil de escritor

 

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