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Cacerolazo a la bogotana

02 Sep

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Foto tomada de: http://hsbnoticias.com/vernoticia.asp?wplaca=69138

Siete de la noche, ¿a quién se le ocurre venir hoy al centro?. Tercer día de cacerolazos, arengas y estudiantes con demasiado entusiasmo patriótico y hormonal reprimido. Parece un día de septimazo, solo que está vez, la gente no está toda apelotonada ante los indios cherokee que ahuyentan la lluvia cada viernes, sino se aglomera en un tropel disonante de pitos y cucharas de madera, cacerolas, ruanas, bufandas y uno que otro pasamontañas. Varios universitarios gritan arengas con la voz seca y quebrada por el frío de la capital:- !Qué te comes Santos,la papa de Monsantos¡ ¡Tú, robocop, del campo es tu mamá!. Yo les sonrío sin ganas, bostezo, pasó de lado. Solo quiero tomar la ruta B73 para llegar a casa, solo busco salir de este pequeño carnaval antes de que se les ocurra a los advenedizos manifestantes bloquear la estación de Transmilenio. Lo logro, bueno, casi lo logro.

Apenas puedo deslizarme dentro del articulado rojo justo antes que se cierren las puertas. Está lleno a reventar, claro, y quedo atrapada en el atestado pasillo del bus. Me envuelve el perfume dulzón de una señora gorda que apoya sin remordimiento su volumen contra mí, empujándome sobre una pareja de jóvenes tórtolos de convers y mochila que se hacen gorgoritos felices en su mundo y sus asientos. Me estiró sobre las cabezas concupiscentes y abro de un tirón la ventanilla para evitar el ahogo, mientras pienso que las personas junto a mí, aguantan sin quejarse empujones, aglomeraciones y toqueteos inaceptables para dos bogotanos desconocidos en una situación diferente a la que provoca la diaria congestión de un bus de Transmilenio en hora pico. Sin embargo, alguien se queja hoy: El articulado aun no se ha movido de la estación.

Afuera, un grupo heterogéneo de jóvenes advenedizos enruanados, encacerolados, enfrascados en su papel de activistas, han empezado a rodear el bus mientras gritan:¡-qué se bajen¡ qué se bajen!-.Como si bajarnos del bus, fuera una victoria sobre el gobierno que impuso el TLC, cuando ellos aun estaban cambiando los dientes de leche. Para distraerme, decido fijarme en uno, detallarlo, como se perfilan los personajes de un cuento que jamás escribo porque nunca tengo ni tiempo ni ganas de hacerlo.

Me llama la atención uno en particular. Este personaje participa de la exaltación protestante con especial energía. La ruana paisa le cuelga como trapo prestado sobre la camiseta amarilla de la selección, los ojos le brillan de la euforia mientras nos grita a través del vidrio y el improvisado cordón policial que nos bajemos y nos unamos al cacerolazo. La idea parece darle sentido a su existencia en esta noche de viernes de protesta, así como a su grupito de amigos que zarandean un cartel que reza: El campesino, tu papa-. Tal vez el otro fin de semana, cuando las protestas hayan pasado y solo quede la memoria de esta momentánea expresión de la voluntad del pueblo grafiteada en las paredes de la séptima, este volcando este mismo ánimo arrollador en hacerle barra al partido de la selección contra Ecuador en el bar de la esquina saliendo de la facultad.

Ya llevamos más de quince minutos atorados en la manifestación. Un par de chicos con edad y pinta semejante al susodicho, que se habían subido al autobús en la estación, se han adelantado hasta el puesto del conductor y le piden que les devuelva el valor de pasaje y les deje bajarse. Como la primera parte de esta solicitud resulta imposible, finalmente el conductor accede a la segunda y abre la puerta delantera para que se bajen, si es lo que desean. Entonces decido bajarme yo también. Al parecer la multitud no se ha cansado del ejercicio coercitivo, y ha asumido como un triunfo provisional la apertura de los buses. El muchacho se sube con su pancarta hasta una de las ventanas, sus amigos le toman fotos. Han conquistado a su presa. Me alejo caminando por la séptima. Después de todo es mejor pasear un poco en el festejo popular que permanecer asfixiada en el autobús, hasta cuando se cansen de fotologearse los jóvenes manifestantes.

La calle está llena de pitos, de risas, de arengas, de universitarios rezagados de la marcha principal que se aglomera alrededor de la plaza de un Bolívar disfrazado de campesino para la ocasión. Los indigentes también caminan alborotados por la multitud, se mezclan en la fiesta para pedir una limosna o solo por el deseo de sentir una ilusión de compañía hasta el final de la noche. Llegó finalmente a la avenida 19. Parece que los buses de transporte público corriente no se han visto afectados por la marcha. Me subo a uno que parece ir hacia el norte. Tengo la esperanza de que al menos me sacará de este punto muerto. Para sorpresa mía, a un par de cuadras, se sube el muchacho de los ojos chispeantes de emoción patriótica con su grupito, reducido a tres compañeros de ruana, convers y cacerola.

Ahora que le miro mejor, parece apenas uno de esos niños recién desempacados de su promoción de bachilleres. Está exultante y cansado, como un chiquillo después de una excursión. El muchacho de la ruana paisa prestada, se sentó a dos puestos detrás de mí, con una chica de cabello ensortijado en su regazo y ruana de lanas multicolores con botines de mola que le hacen juego. Con una mano de dedos largos y huesudos, juguetea con los rizos metálicos de la risueña compañera, con la otra ciñe la cintura de la chica. No paran de parlotear sobre la marcha, sobre el TLC, sobre Los efectos en la bolsa, sobre el partido del otro fin de semana, etc, Mientras el bus se decide a salir del centro de la ciudad por la séptima, esquivando aislados grupillos de congéneres protestantes que aun se mantienen en marcha al lado y lado del parque nacional.

Se bajaron en eso de los bares de Chapinero. Se metieron sin dudarlo en uno de esos bares sin identidad que pueblan las calles entre la cuarenta y cinco y la setents y dos . ¿Qué como lo sé? Pues porque no tenía más opción que bajarme allí, dónde aun había presencia humana a esas horas de la noche, para alcanzar la estación de Transmilenio antes de que la cerraran y tomar una ruta, así fuera un bus de ruta fácil, que me llevara a mi destino ansiado desde hacía tres horas.

Hoy salió su foto en el periódico, es inconfundible su aire de héroe de la revolución con ruana prestada y camiseta de la selección. Dicen en la nota del periódico que es uno de los vándalos más buscados en Bogotá. Yo nunca me lo hubiera imaginado. Ahora los vándalos, ya no son asesinos, saqueadores y violadores que arrasan impunemente un pueblo, sino que se disfrazan de jóvenes universitarios con cacerolas, ruanas y demasiado brillo patriótico y hormonal en la mirada.

 
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Publicado por en septiembre 2, 2013 en cajón de escritos, Pasatiempos

 

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